Perú cambió de mandatario pero no es seguro que termine la crisis

El Perú amaneció este jueves con una nueva ocupante de la silla presidencial, la sexta en seis años, pero sin convicción plena de que pueda superar pronto su crisis permanente, que, según analistas, deriva de la baja calidad de buena parte de su clase política.

 

Dina Boluarte, abogada independiente de izquierda, de 60 años, se encargará de conducir al país en los próximos meses, después de que le correspondiera, como vicepresidenta, asumir la jefatura de Estado tras la destitución por parte del Congreso de Pedro Castillo.

 

“Me comprometo ante el país a luchar para que a los nadies, los excluidos, los ajenos, tengan la oportunidad del acceso que históricamente se les ha negado”, dijo al asumir Boluarte, quien hasta fines del mes pasado era ministra de Inclusión Social.

 

Por Constitución, la mandataria, primera mujer en llegar a ese puesto en el Perú, tendría que permanecer en el cargo hasta 2026, cuando termine el quinquenio. Pero la dinámica de la política peruana determinará si logra hacerlo o si serán necesarias unas elecciones generales anticipadas, le dijo a Télam el politólogo Alonso Cárdenas.

 

“Habremos de juzgar por sus acciones si su llegada a la presidencia fue un movimiento coordinado con las fuerzas de oposición o si sencillamente asume para llamar a nuevas elecciones”, apuntó, por su parte, el politólogo Roger Santa Cruz a esta agencia.

 

Esas dudas se sostienen en que en los últimos días la vicepresidenta marcó distancias frente a su exjefe, mientras que la oposición sorpresivamente desistió de acusarla por supuestas incompatibilidades de su función que podrían haber frustrado su ascenso.

 

El miércoles a la noche, mientras Boluarte pernoctaba en el Palacio de Gobierno con la mente puesta en cómo encarar el “gobierno de unidad” que prometió, Castillo amanecía en el penal Fundo Barbadillo, en el este de Lima, cuyo único otro inquilino es el expresidente Alberto Fujimori (1990-2000), preso desde 2005.

 

Analistas y actores políticos presentan eso como una ironía y muchos de ellos, al comentar lo ocurrido, dicen que Castillo quiso dar un “autogolpe de Estado” similar al que hace 30 años dio Fujimori, con quien está en las antípodas ideológicas.

Los acontecimientos se dieron meteóricamente el miércoles. El presidente quiso anticiparse a un tercer intento del Congreso para destituirlo mediante la figura constitucional de la “vacancia por incapacidad moral permanente” y, en una sorpresiva alocución, anunció el cierre del Legislativo para hacer un “gobierno de excepción” con una Asamblea que redactaría una nueva Constitución.

 

Aunque había indicios de que la oposición, encabezada por tres partidos de derecha dura, esa vez sí podría reunir los 87 votos para sacarlo (de entre 130 congresistas), también había elementos para pensar en un tercer fracaso.

 

Castillo, atacado desde que comenzó su gestión en julio de 2021, no quiso arriesgarse, pese a que la Constitución, según reconocieron incluso sus seguidores, no tiene ningún elemento que respaldara su acción.

 

“Fue una respuesta más política que legal, una jugada de ajedrez. Pero no previó la reacción de las fuerzas políticas y vendió muy fácil su salida”, comentó Santa Cruz.

 

El mandatario quedó pronto solo. Sus ministros se le fueron de uno en uno y la izquierda se sumó a las críticas. Las Fuerzas Armadas, hacia quienes se miraba en medio del vacío de poder, advirtieron: “Cualquier acto contrario al orden constitucional no será acatado”.

 

Después de eso, en el Congreso resultó fácil la destitución. 101 legisladores dieron el “sí”, incluidos varios de los 37 que fueron oficialismo. Seis dijeron “no” y 10 se abstuvieron. Unas horas después, Boluarte juraba ante el presidente del Parlamento, José Williams.

 

Boluarte, independiente desde que el año pasado fue expulsada de Perú Libre (PL) -el partido marxista leninista del que también salió Castillo por discrepancias-, asumió en momentos en que su antecesor era detenido en una calle de Lima. Según el parte policial, quería llegar a la embajada de México en busca de asilo.

 

Ahora, el profesor rural de 53 años, que enfrentaba denuncias por supuesta corrupción, está acusado de rebelión por la Procuraduría. Eso, señalaron juristas, puede tenerlo hasta por 20 años en la cárcel.

 

«Boluarte puede hacer una mejor gestión que Castillo. Es una lástima que un presidente que llegó como esperanza de las clases populares, que parecía de los suyos, haya resultado de la calaña de Alan García, Alejandro Toledo y otros expresidentes”, comentó Cárdenas, de la London School of Economics.

 

Cárdenas, crítico de la clase política peruana y de los partidos de derecha que acosaron a Castillo, lamentó que éste les diera argumentos con errores de gestión, equivocaciones en los nombramientos de funcionarios y un proceder que alimentaba las sospechas de corrupción.

Según sondeos previos al desenlace, la aprobación popular para Castillo, que había caído a alrededor de 30%, era, aun así, el triple que la del Congreso. En ese marco, la salida más apoyada por los encuestados eran las elecciones generales, presentada bajo la consigna “que se vayan todos”. Se ignora por lo pronto si eso cambiará.

 

Por eso, los analistas estiman que el cambio de presidente no necesariamente modificará la situación de fondo, al margen de que, quizás, genere una tregua que Castillo nunca tuvo. La insatisfacción podría continuar, en especial si el Congreso no emite señales de cambio.

 

Y tampoco, estima Cárdenas, unas elecciones serían, por sí solas, una garantía de cambio, pues antes se requeriría de mejoras en el sistema, las que difícilmente se harán con la actual clase política.

 

De hecho, los expertos destacan que, aunque muchos relacionan la crisis con Castillo, comenzó mucho antes, cuando Pedro Pablo Kuczynski, un presidente de derecha, fue sacado por un fujimorismo situado aún más a la diestra. Sus sucesores, Martín Vizcarra, el efímero Manuel Merino y Francisco Sagasti, sintieron también la angustia de los remezones.

 

Y mientras el país político vivía un día crucial, en las calles no hubo repercusiones. Solo un puñado de castillistas se reunió en el centro de Lima, sin generar mayores problemas.

 

Así continuó la que ha sido la tónica de la crisis a lo largo de año y medio, cuando manifestaciones a favor o en contra de determinadas posiciones tuvieron concurrencias muy escasas, en lo que para muchos es una señal del desinterés.

 

Los ojos quedaron puestos en Boluarte, quien, como su antecesor, no tiene mayores antecedentes políticos y proviene de clases populares de los Andes, aunque ella lleva décadas de residencia en Lima, donde ser formó.

 

Boluarte tiene distancias con muchos de sus excompañeros en PL y es resistida por varios de los congresistas más duros de la derecha, por lo que la primera evaluación estará en cómo forma su equipo. El tiempo empezará a resolver los muchos interrogantes.

Telam

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